La situación
política y social que vivía nuestro país antes de agosto de 2002 cuando se
implementa la política de seguridad democrática, fue una de las perores de
nuestra historia. En aquel momento, la violencia y el miedo eran el día a día
de los colombianos, mientras las guerrillas y los grupos paramilitares
incrementaban su control de muchas regiones del país.
Con la implementación
de las políticas de seguridad democrática, se presento una disminución (1)
del 67% de los ataques, un descenso del 85% en los secuestros, y una disminución
del 92% en los retenes ilegales. Un éxito rotundo que se elevo a los campos políticos
y económicos del país.
Aun
cuando el efecto de la política de seguridad democrática también impacto el
comportamiento de la seguridad en algunas ciudades, en el que se evidenciaron
que a la par de la disminución de la tasa nacional de homicidio, disminuyeron
las tasas de ciudades como Cali, Medellín y Bogotá, hay nuevas dinámicas que
estamos presenciando y que vale la pena analizar a fondo.
El
incremento en primer trimestre del homicidio en algunas ciudades como Cali
(23%), el incremento del hurto a personas en un 27% en 10 de las principales
ciudades del país, del 29% en el caso de las lesiones comunes y del 3% del
hurto de comercio, han llevado a algunos a replantear el éxito de la seguridad democrática.
Pero ¿Qué tan cierta es esta afirmación? ¿El incremento de la inseguridad en
las ciudades es un ejemplo de la debilidad de la política de seguridad nacional?
Definitivamente
no, y para ello, es necesario aclarar conceptos. No es lo mismo violencia y
crimen. Aun cuando las dos puedan tener que ver con expresiones y formas
similares, especialmente si están relacionados con una guerra civil o un conflicto
armado, la diferencia radica en el fin de las mismas. En el primer caso el fin
es suplantar al estado, mientras que en
el segundo el fin no es más que un interés monetario, un negocio. La diferencia
es tan clara que incluso, en este último caso, el crimen no solo no intenta
subvertir el estado, sino que también pretende infiltrarse en él para alcanzar
sus intereses económicos.
La diferencia
planteada es fundamental para afirmar que la presencia más latente del crimen
en algunas ciudades no desdibuja ni discute el restablecimiento del monopolio
de fuerza y por tanto de la legitimidad del estado, a través del control de la
violencia. Esto fue evidente en la disminución al maximo de aquellas
organizaciones que querían suplantar o subvertir al estado.
También es
fundamental para evidenciar una importante capacidad de la delincuencia de
transformarse o mimetizarse a otras formas con el fin de alcanzar los
objetivos. Eso explica el control que habrían tenido grupos paramilitares de
pandillas o sicarios en los barrios en ciudades como Medellín y Cali, así como
se explica que nuevos capos del narcotráfico, provenientes algunos de antiguos
grupos paramilitares, hagan alianzas con las FARC, con el fin de mantener el
negocio del narcotráfico.
El asunto
central planteado aquí, es que el fin de la violencia relacionado con el
resquebrajamiento del Estado no
significa, de manera inmediata, la disminución del crimen. Probablemente
en algunas ocasiones significa su repunte. Pero también, significa una menor
capacidad de supervivencia, a causa de la presencia de un Estado se hace más
fuerte, organizado y preparado para combatirle. Es así como según Naciones
Unidas “En el mediano o corto plazo, una incompleta o inefectiva reintegración de
los excombatientes en la sociedad civil puede permitir la criminalidad armada
por parte de los combatientes que no tiene otra forma de vivir”.
Con
respecto a lo anterior, hay numerosos ejemplos en el mundo. Uno de ellos es Sudáfrica,
en donde se libro uno de los procesos de paz más renombrados en el mundo. Luego
de este, salieron a la luz antagonismos sociales que llevaron al incremento de
la violencia social, a través de pandillas como las llamadas Inkathao (2).
Lo mismo ocurriría
en el caso de Centro-América. Justo después del establecimiento de los acuerdos
de paz, se evidencio un incremento en las tasas de homicidio, especialmente con
las relacionadas con arma de fuego. En este sentido Alexandra Guaqueta menciona
como esta nueva oleada de violencia estaría relacionada con el surgimiento de
nuevas estructuras como la pandilla de los “maras”, pero también con una
evidente incapacidad de la policía civil de afrontar este tipo de crimen, pues
estaban acostumbrados únicamente a asumir enfrentamientos directos estilo “guerra
de guerrillas”.
Lo anterior
estaría en consonancia con lo dicho por el Small Arms Survey (2005), que
plantea que la “demanda de armamento en contextos de post-conflicto
generalmente se mantiene alta, y la militarización de algunas zonas aumenta el
peligro de la ocurrencia de hechos de violencia” (3).
CONSIDERACIONES FINALES
Lo anteriormente
planteado nos lleva a concluir que enfrentamos un político fundamental. Un momento
que significa la satisfacción de haber iniciado un proceso de pacificación que
ya no tiene vuelta atrás, pero también significa la urgencia de fortalecernos
aun más para enfrentar las nuevas formas del crimen. Un crimen que ya no tiene
la intensión de combatir al Estado, derrocar el poder constituido o suplantar
las instituciones, sino intereses pura y eminentemente económicos.
Pero aquí
la tarea no solo es del gobierno nacional. El congreso debe aportar creando
instrumentos para el combate de la delincuencia y fortaleciendo espacios de cooperación
institucional, así como expidiendo normas que se ajusten a la realidad del
crimen organizado que opera en las ciudades. Debe concentrarse también en
aprobar una serie normas que faciliten el combate, investigación y juzgamiento
de pequeños delitos, que son los que más angustian a los ciudadanos y los que
desde su perspectiva casi siempre quedan impunes. Pero sobre todo, hay que resultar
el papel de los alcaldes, que en el actual escenario es cada vez más relevante.
Su responsabilidad
debe verse reflejada en la construcción de institucionalidad local para el
combate de la delincuencia urbana, instituciones transparentes, agiles y con
capacidad de implementar soluciones creativas y con amplio uso de la tecnología
disponible. También por supuesto, se requiere más presupuesto para la seguridad
de los ciudadanos, más fuerza pública (generalmente con mayor grado de especialización)
y más y mejor equipamiento. Pero todo se requiere liderazgo que conduzca a las
ciudades a construir políticas de seguridad urbana de largo plazo, y en
procurar políticas realmente impactantes para la disminución del crimen.
Para
finalizar, hay que ratificar que el éxito de la seguridad democrática no tiene
vuelta atrás. La victoria sobre la violencia no es un hecho temporal, una
victoria de estas no es más que un acompañante seguro para los próximos tiempos
y un mensaje contundente para las futuras generaciones.
(1)
Fundación seguridad y democracia, El debilitamiento de los grupos
irregulares en Colombia.
(2)
Morris, Mike y Hindson Doug, violencia política, reforma y reconstrucción
en Sudáfrica, Nueva sociedad No. 130, 1994.
(3)
Small Arms
Survey, 2004. Acceso en: http:/ www.smallarmssurvey.org

Esa visión critica de fenómenos sociales y politicos son cuestión del conocimiento, por lo que allegar la información y procesarla es una obligación. Lo que queda es lo que se comprende del hechoe ssocial y político, que permita el paso a la reflexión. Es decir lo que dijo fulano, debe ser digerido para comprenderlo y poderlo explicar. Normas APA.
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